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jueves, 31 de marzo de 2011

Y cuidar de las cosas que crecen

Últimamente casi todo lo que publico por aquí, en twitter o en facebook es, digamos, frustrante cuando no directamente encabronante. Obviamente no todo es mala follá, por razones de salud mental y estomacal no debería serlo. Pero al final pecamos un poco de ser heraldos del infortunio*.
Será que lo que nos toca las narices nos tira más de la lengua que lo que nos conforta por las noches. Será que esas pequeñas o grandes cosicas nos las guardamos no sean que nos las rompan. Pero ¿pueden romperlas? Muchas no. Y que lo intenten ¡grrrrr! Así que ¿por qué no contarlas, so pena de que parezcan chorradas? Al fin y al cabo dan un respiro.

Pues sí, hace ya unos días que me puse a cultivar flores y plantas en el balcón de mi piso. La verdad es que no es gran cosa, pero cunden bastante. Por ejemplo, ahora en vez de una mancha negra tras barrotes, desde el sofá veo manchas amarillas, verdes y moradas. Por ejemplo, ahora en vez del olor a "ciudad", al abrir la puerta corredera se cuelan trazas de romero, hierbabuena y tomillo de limón (qué bien huele el jodío). Y es automático, se activa un circuito cerebral primigenio que hace las cosas parezcan un poco mejores. Así de simple. La recompensa evolutiva, supongo, por cuidar de las cosas que crecen*.

Y el mundo seguirá siendo una mierda ahí fuera, pero en esos centímetros verdes sé que lo he hecho un poco mejor. Consuelo de pobres, lo sé. Pero sentado en el umbral del balcón es suficiente por un momento. Lo mismo es una tontería mía que me ha dado con la edad. No sé. Pero un amigo también pensó algo parecido.  Y lo mejor es que lo contó de una forma más bonita que mi torpe entrada de hoy. Además a tenido a bien dejarme reproducir ese relato aquí, por lo que le estoy más que agradecido. Así que, si os apetece, leed con calma este cuento de Carlos Aribau titulado...



Mientras los demás disparan

No siempre he sido abuela, Pablo. Una vez fui niña, en esta misma casa aunque entonces estaba rodeada de bosque. Aquí vivimos mi madre y yo solas un tiempo cuando mi padre se fue. Suerte que mi hermano volvió a los pocos meses. Le faltó poco para morir en el frente cuando una bomba explotó cerca de donde estaba haciendo guardia. Un pequeño trozo de metal incrustado en el cráneo fue su pasaporte de vuelta y, aunque no lo pareciera al principio, no eran muy buenas noticias. Llegué a pensar que ya no podía hablar.


Al poco de llegar empezó a dibujar; se pasaba todos los días con el carboncillo vomitando las imágenes que había retenido de la guerra. Como si  fuera su forma de limpiarse el alma; pintaba con fuerza, con rabia; y los dibujos que hacía eran explícitos, sin maquillaje alguno para la muerte y la desesperación. Me estremecía tanto ver sus dibujos como ver cómo los pintaba, con la cara desencajada y las lágrimas limpiando un pequeño surco en su cara eternamente sucia.

Dibujar se convirtió en su única obsesión. A penas hacía otra cosa; sólo dibujaba imágenes atroces de la guerra que mi madre intentaba esconder antes que yo pudiera verlas. Cuando se quedaba sin papel o sin lápices lloraba y gritaba a medio camino de la histeria. Por eso mi madre intentaba que no sucediera jamás. Pobre, se pasaba los días contando papeles y escondiendo dibujos. Después, por la noche, lloraba al ver que su hijo invertía lo que le quedaba de vida en pintar un retrato macabro, cruel y sincero de la realidad del hombre. 

Hasta que se apagó. Al ver que su hijo no volvería jamás quien había sido se limitó ahogar los llantos contra la almohada durante días. No sé si esperando morir en el intento o si tan solo quería ocultar la pena que sentía por ella misma. Sentí tanto miedo, Pablo. Por mi hermano, pero también por nosotras. Mi hermano sólo pintaba y mi madre… Mi madre no nos era muy útil. Perdona si suena injusto pero es que se hundió. Había tres personas en casa, pero no había ningún adulto. Solo éramos tres niños incapaces de valerse por si mimos.

Un  día, nos sorprendimos al ver a mi hermano trabajando el patio que teníamos delante de casa. Arrancó todas las plantas y hierbas que crecían sin orden y empezó a cuidar su pequeño jardín. No le di importancia; no pensé que fuera absurdo cuidar un jardín en plena guerra. Trabajó semanas enteras en aquel trozo de patio mientras yo buscaba la forma de alimentarnos.

Ya no hubo más gritos por las noches, ni más dibujos macabros. Solo plantas y flores. Me gustaría tanto poder enseñarte una foto. Qué bonito era aquello, Pablo. Los colores que lo salpicaban todo eran tan vivos e intensos que parecía un jardín dibujado por un niño pequeño; toda la casa estaba impregnada de un olor dulce, frutal, que te levantaba el ánimo aunque no quisieras. Cada día, antes de salir de mi habitación, abría las ventanas y respiraba tan fuerte como podía sin abrir los ojos. Era como si me hermano hubiera conseguido crear colores en un mundo que sólo tenía grises.

Mi madre no tardó en bajar a la sombra de la higuera para verlo trabajar y así, reunidos frente a un viejo árbol volvimos a parecer una familia.

Fue un día de primavera cuando unos pocos soldados aparecieron desde el bosque. Yo jamás entendí como podía haber enemigo dentro del mismo país, pero sabía que eran el enemigo. Esos hombres, sucios, sudorosos y armados, eran lo más parecido al demonio que yo había visto. Daba igual de que bando fueran; eran malos porque ser malos era su trabajo.

Mi madre y yo estábamos juntas, mirando como trabajaba mi hermano y noté como a ella se le paró la respiración. Contuvo el aliento mientras los ojos se le movían nerviosos buscando donde esconderse. A mí me temblaban las piernas incluso mientras corría detrás de la higuera; era una niña y, ese día, también bastante cobarde.

Mi hermano no se asustó. A él ya se le había acabado el miedo y se limitó a levantar la cabeza y sonreír sin apartar las manos de sus flores. Quizá fue por su mirada perdida y aspecto de muchazo enfermo, por el aspecto desvalido de mi madre o por la belleza del jardín, pero uno de los soldados se limitó a gritar mientras nos miraba:

-¡Por aquí no hay nada! Sigamos hacia el norte.

Y todos los que lo acompañaran volvieron de nuevo al bosque ante nuestra sorpresa. Yo pensé que iban a hacernos daño; sentí que había mucha maldad en ellos. Pero prefirieron dejarnos en paz. Quizá el frente estaba lejos y ellos eran solo una avanzadilla; quizá no quería complicarse la vida con una niña, una vieja y un tarado; o simplemente les habían gustado las flores. No lo sé. Solo sé que se fueron.

Mi madre y yo quisimos entender se habían quedado sorprendidos ante semejante maravilla y desde ese momento empezamos a cuidar el jardín y el huerto con mi hermano. Trabajamos muchas horas al día, Pablo, muchísimas. Llegamos a desviar un pequeño riachuelo para poder tener todas las plantas bien regadas. Nos convertimos en un pequeño y peculiar ejercito. Éramos los tres jardineros de la guerra.

Algunos soldados más pasaron por ahí mientras duró la guerra y ninguno, nunca, jamás, nos hizo daño o estropeo las flores. Llegué a pensar que nuestra casa era algo así como un santuario donde no cabía mal alguno.


-Con los años, entendí que lo que habíamos hecho los tres era realmente especial.
-¿Y por eso llevas cincuenta años cuidando el jardín? ¿Por lo que sucedió en la guerra?
-Claro.
-¿Crees que el jardín te protege, Abuela? ¿Crees que nadie puede hacerte daño gracias a él?
-No, hombre- contestó riendo mientras paseaba la mano por la cabeza despeinada del niño. – En el mundo hay demasiada gente mala como para contar con ello. En el fondo, es mucho más importante que eso, Pablo: este jardín me recuerda algo cada vez que enfado.
-¿El qué?
- Este jardín fue a lo que nos dedicamos en la época más triste de este país. Hicimos algo bonito. Esta fue nuestra pequeña obra de arte. Como si fuéramos escritores o pintores. Siempre que lo miro me habla y me dice cosas bonitas. Me dice que mientras el mundo se pelea, mientras los demás disparan, yo puedo sembrar flores.





* Citas de ESDLA

Más sobre el amigo Aribau en: http://carlosaribau.bubok.com/

Fotos de mis plantas, claro está, más imágenes y actualizaciones en: http://www.facebook.com/album.php?aid=2100577&id=1079453182&l=7f73c36f1b


2 comentarios:

Bicéfalo dijo...

Plas, plas, plas.

Daniel HM dijo...

Sí, ¡grande Aribau!

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