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viernes, 15 de abril de 2011

Boicot a Telefónica-Movistar

Así, sin más. 

Porque no es de recibo que se despidan a miles de perosnas por un lado y por otro ser rapartan cientos de millones en premios para los directivos. Esta es la política que "los mercados" inponen. Así montaron burbujas que luego pagamos todos porque no tenemos sangre de Valkiria en las venas.

Pero es sencillo dar la vuelta a la tortilla. Sí, se acabó: basta con migrar a otra compañía de telefonía fija/movi o internet. Por experiencia recomiendo simyo para móvil y Ono para internet/fijo. Pero hay muchas. Elegid la que os pille más cerca, tenga el logo más feo o lo que sea. Pero daos de baja de Movistar o amenazad con hacerlo si no dan marcha atrás firmando esta petición en Actuable: http://actuable.es/peticiones/si-presidente-telefonica-sigue-adelante-con-6-000

Esta vez se puede hacer algo. No dejemos que el mundo de seis mil personas termine de repente, como bien describió la escritora amiga Díaz de Tuesta en este gran relato, nacido en 2009 a raíz de unos despidos, tan vigente hoy (y lo que nos queda...) que ha tenido a bien dejarme publicar aquí (aquí la versión original).


Pensad en ello, y en ellos mientras leéis el relato con el que sin más os dejo.

Un mundo llamado Paula
Suena el despertador. Otro día de mierda en el que las horas se mueven a velocidad de crucero. Cinco minutos de más en el baño. Genial, a partir de ahora, serán diez menos.

– ¿Qué te has hecho en el pelo? – me pregunta mi madre, atónita, al verme entrar rapada en la cocina. Ya lo sé, ya lo sé, queda horroroso, feo como patear a un cojo, pero es barato. No quiero insinuar que fuese mucho a la peluquería, que no estamos para lujos, pero joder, lo que se gasta una en que si gel que si espumas… A tomar por culo, pelo pincho, que está de oferta.

Claro que, no se lo voy a decir.

– Tenía calor.

Me mira. No me cree.

– Hay café.
Tengo una madre muy diplomática cuando quiere. Dejó de meterse en mi vida a los quince. Una pena. De haber sido de otro modo, quizá no tendría yo ahora veinticinco y dos críos de ocho y nueve años, pequeños clones del canalla de su padre, Dios me perdone.

Bebo café. Mordisqueo rápida una tostada seca, digo que no tengo ganas de mantequilla. Se está acabando y aún tiene que durar. Para no ver sus ojos, hago como que reviso la correspondencia. Facturas, facturas, facturas… Una carta azul me hace ilusión, pero es otra factura.

– ¡Niñoooooosssss! – grito, hacia el pasillo, hacia la puerta del dormitorio de mis hijos. Ellos no tienen despertador, pero tienen madre. Total, me hacen el mismo caso, para qué andar con gastos.

– Es muy pronto, ¿no? – dice mi madre.

– Quiero ir andando al trabajo. Estoy como una foca.

– ¿Tú? – ríe. No me cree – Lárgate, anda. Yo llevaré a los niños al colegio.

– Vale – veo unos cuadernos coloreados sobre la mesa. Uno de mis hijos ha dibujado una casa ardiendo, gente chillando agita los brazos por las ventanas; el otro se ha esmerado más, se ve la Tierra abriéndose por la mitad, entre grandes explosiones rojas, amarillas y… ¿verdes? Una imagen fascinante. Me pregunto si se puede votar para que ocurra de una puta vez el Fin del Mundo – ¿Qué es esto?

– Ayer jugamos a dibujar lo primero que se nos ocurriese – mira el dibujo del planeta – El Apocalipsis. Tienen talento, las criaturitas, ¿eh?

– Sin duda. Estoy segura de que uno de los dos es el Anticristo, aunque aún no descubrí cuál – tengo que buscarle un psicólogo al de la casa en llamas. O al otro. Mejor a ambos. Claro que antes me tengo que buscar un amante que lo pague. ¡Un amante psicólogo! ¡Genial idea que lo arregla todo! Me paso la mano por el pelo. Cualquier intento desesperado de seducción tendrá que esperar, así que los niños se quedan sin psicólogo. Que quemen casas o que destruyan planetas. Serán males menores – ¿Luego te ocupas de la compra?

– Sí. Prepararé la comida y… – se dobla, con un gemido. Dejamos de simular ser muy duras y muy fuertes, sólidos bloques de granito capaces de resistirlo todo…

Joder, si sólo somos piedra pómez… La abrazo.

– Mamá, mamá…

– Estoy bien. Tranquila, estoy bien.

Bien, no, aunque no sabemos hasta qué punto está mal. Tiene cojones la cosa, puta lista de espera del Seguro, aún tiene que aguardar nueve meses para hacerse la ecografía. ¡Lo que hace el ser pobre! La pensión de mi madre es de esas que te producen auténtica risa, qué gracia, qué chiste que haya cifras así tras toda una vida de currar mi padre como un imbécil. Ja, ja, ja. La hipoteca de la casa se come prácticamente todo mi sueldo, y eso cuando no tengo gastos extras, como el dentista de los críos. El mes pasado tampoco pude pagar al Banco, y ayer me llegó una amable nota, indicando que, o me pongo yo al día de inmediato, o me ponen ellos en la puta calle.

En fin…

Le acerco a mi madre una pastilla. Es rosa. Menuda chuminada. Rosa chicle, para más señas. El médico dijo que le vendría bien, yo sospecho que pensaba en nuestro bolsillo. Dudo que haya pastillas rosa chicle más baratas en el mercado, y las cubre en parte el Seguro. Si no como mantequilla, podré pagarlas.

– Lárgate, anda – me dice, tras tomarla, con un hilo de voz. Mueve una mano en el aire. Me sorprendo recordando un bofetón que me dio una vez – Vete, estoy bien. ¡Niñooos! – grita. Es grito de abuela, no de madre. No llega a categoría de despertador, pero como tengo prisa lo dejo estar.

Cojo la mochila y salgo zumbada. Sigo zumbada. Joder, cada día hay más gente que tiene coche, qué bien les va a todos. Aunque no sé si compadecerles, total, hay atascos por todas partes, y yo corro y vuelo y sólo estoy a punto de ser atropellada un par de veces, una de ellas por el autobús que solía tomar antes de las pastillas rosas, de las facturas azules, de los dientes blancos de mis hijos…

Llego a la fábrica. Vaya lío se ve desde fuera. Joder qué mogollón. ¿Qué coño sucede? Gutiérrez pasa corriendo por mi lado y casi me tira la mochila. Lleva dos años intentando meterse en mis bragas y resulta que ahora ni me ve. Será el pelo. Con este pelo parezco una cosa mala. Qué cojones, a quién le importa lo que parezco.

Veo a Sara y a Lola entre el montón de gente. Están preocupadas. Alguien se ha muerto, seguro. Ojalá sea el jefe.

– Hola, qué pasa – saludo. Me miran con horror. Normal.

– ¿Pero qué te has hecho en el pelo? – pregunta Sara.

– Estás horrorosa – dice Lola. Así me gusta, las cosas claras. Me paso una mano por mi patético cuero cabelludo esquilmado a tijeretazos. Aquí más largo, allá más corto. Pues vale.

– Tenía calor. ¿Qué ocurre?

– No sabemos. No podemos entrar. Algo va mal con las tarjetas magnéticas, parece.

Se forma todavía más barullo. Intrigadas, vamos a mirar. En el interior de las puertas de cristal de la fábrica se divisa una línea de seguratas. Qué raro, casi parecen una muralla humana, dispuestos a defender con uñas y dientes los bienes de sus amos de… ¿nosotros? Me debo estar confundiendo… Conozco algunos rostros. Incluso salí con uno de ellos, maldita sea mi sombra, mira que no aprendo. Me devuelve la mirada, con expresión de culpa, y luego aparta los ojos. ¿Qué coño pasa?

Martín y Daniel, dos de mis compañeros de planta, están en la puerta, llamando y discutiendo. Uno de ellos golpea el cristal con el puño, cada vez con más rabia. Otros le imitan. Y más, y más. Empieza el caos.

– Pero qué ocurre… – Lola y Sara miran también asombradas. Las voces suben de volumen. Se va extendiendo la noticia.

Nos han despedido.

¡Nos han despedido!

¡NOS HAN DESPEDIDO!

¡Nos han dejado en la puta calle, sin aviso previo, sin nota de agradecimiento, sin patada en el culo, sin cara hipócrita de lástima, sin nada! ¡Trescientos despedidos, dice alguien! ¡Trescientos, como los puñeteros griegos de las Termópilas! Pero, a nosotros, ni siquiera nos queda la gloria, la esperanza de ser recordados. A nosotros sólo nos esperan el frío, el hambre, la desesperación, la indigencia… Nos queda saber que no tenemos un sitio en este mundo, que este no es nuestro universo, que no es nuestra oportunidad ni nuestra vida, sino la de otros, esos que viven muy bien sin mirar a los lados, sin mirar atrás…

– No puede ser… – susurro. Sara ha palidecido. Lola se muerde las uñas – ¿Despedidos? No puede ser…

Las pastillas rosas. Las facturas azules. Los dientes blancos. La mantequilla amarilla, el autobús rojo. Las necesidades de mamá, los gastos de los niños, la hipoteca…

La calle, el frío, la nada. La miseria absoluta, la desesperación. El fin…

– ¡Paula! ¡Paula! – dice alguien. Estoy en el suelo. Veo rostros, pálidos, extraños. Giran a mi alrededor dando vueltas y vueltas. Todo retumba. Cuánto estruendo… Alguien me trae agua. No, no quiero agua, no necesito agua, necesito ayuda. Socorro, socorro, por favor, me estoy muriendo, se me viene todo encima, siento una presión en el pecho, no puedo respirar, me ahogo…

No van a ayudarme, nadie va a ayudarme.

Mi mundo se hunde en un barullo de voces y gritos y llantos de asombro, que son también mundos destruidos…

Tengo tanto, tanto miedo…

Grandes explosiones rojas, amarillas y… ¿verdes?

Apocalipsis.

No puedo seguir haciéndome la dura.

Todo se acaba.

Todo se acaba…
Dedicado a los 300 de Nissan


Díaz de Tuesta al completo en: http://rol-en-red.net/diaz-de-tuesta/

Fuentes:
http://www.20minutos.es/noticia/1020739/0/telefonica/plantilla/reduccion/
http://twitter.com/#!/search/%23telefonica

Y recuerda: date de baja si no reculan, firma en http://actuable.es/peticiones/si-presidente-telefonica-sigue-adelante-con-6-000

3 comentarios:

Raúl Campos dijo...

No sabría con cual de vosotros quedarme si tuviera que escoger a uno para naufragar, si contigo Daniel o con Super Oniria. En cualquier caso, de naufragar no estoy arrepentido.

Raúl.

Daniel Turambar dijo...

Náufragos somos,
mas náufragos enculados

Raúl Campos dijo...

Pues en ese caso casi que prefiero a Oniria!!! JA, JA, JA…

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